Poco se cuenta de los cazadores de nieves, pocos quedan como para contar algo.
Las tribus nomades del norte no avanzan buscando la caza, sino que escapan con un instinto natural de las garras frías de la muerte segura arrastrando con ellos el manto de nieve que quema la vida de los debiles.
La tribú de Rito no era excepción, corrían de un lugar a otro con rumbo costero, soportando los latigazos incansables del cruento destino sembrando el campo blanco de la muerte del corazón aún cuando ellos fuesen felices en el proceso, como lo fueron sus padres y sus abuelos antes que ellos.
Fue en el septimo solticio cuando Moro, hermano de Rito y segundo al mando de la tribú, ordeno el descanso pues tenia una corazonada de alejarse de la eterna caminata por los paramos y abrazar las montañas del sur, lugar que Rito siempre habia intentado evitar pues pertenecian al dominio de Angmar.
Los hermanos de sangre discutieron largamente sobre cual camino elegir, hasta que un mazo cerrado gano limpiamente el debate abandonando a su suerte al pobre incauto solo con un arma y una piel curtida. Tradición que se seguia para quien sufria del excilio.
Cuando Rito desperto, nadie quedaba y el viento habia borrado las pisadas de quienes lo habian seguido por tanto tiempo, como una cruel broma tejida por los siervos de Mordor. Rito camino sin descanso hasta las tierras calidas, hasta las laderas de Angmar, fue alli cuando el desgarrador grito atraveso su corazón e impotente dio media velta hacia el reino de Arthedain pues sabia que las entrañas de aquellos picos digerian su pasado.
Fueron semanas después cuando entro en aquel tugurio de Bree, esperando lavar la pena de su pesada mente.
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